El amor en tiempos del post-amor
El amor en tiempos del post-amor
Si el acto
de amar es una acción propiamente humana, es decir, de carácter histórico, su
comprensión debe remitir al modo en que se despliega el campo de posibilidad de
su ejercicio. De modo consecuente, este campo remite al mundo como posibilidad
de encuentro y desencuentro entre las almas nómades que la habitan, de un modo
encarnado en su acontecer y narrativo en su necesidad de un sentido al cual
orientarse. Es por esto que la biología o la teoría evolutiva son ciencias
carentes de sensibilidad al carácter centrifugo de la vida humana: la
exterioridad del mundo que configura la situación en la cual se encuentran las
almas no puede ser aprendida en su negatividad, en su todavía no, en su
porvenir.
Por otra
parte, cada época ostenta un ánimo conforme a su auto-comprensión y la
capacidad de acceder a una verdad propia a condición de que tal develamiento le
haga responsable de su libertad. Si esto es cierto, el sujeto histórico que
emerge toma forma en el modo en que es capaz de responder al llamado histórico
de la verdad encontrada: de ahí se inaugura la configuración neurótica obsesiva
como intento de lidiar con sus consecuencias: reprimir y repetir.
En Grecia
clásica el acceso a la verdad era mediante la contemplación ([θεωρός]: theōría), de modo que el sujeto se
mantenía como observador del orden del cosmos
([κόσμος]: kósmos). Por su parte, esta verdad fue posible solo a partir de la
esclavitud que sostenía la vida de los griegos, así como la represión (Verdrängung) de las vidas de
mujeres, niños y extranjeros. La posibilidad de la contemplación, esto es, una
vista panorámica desinteresada del ser, tiene como condición de posibilidad el
hundimiento en el olvido de aquellas
vidas que sostienen el intercambio metabólico entre cultura y naturaleza que
son los labores domésticos[1].
Durante la
edad media, la iglesia se erige como proyecto gubernamental mediante las
prácticas de poder y saber que instala, mediante el dispositivo confesional, lo
que inaugurará la visión de primera persona en la reflexión y el acceso a la
verdad. Por su parte, el acceso a la verdad de sí mismo solo es posible
mediante un padre sádico y omnipotente: de ahí el genocidio, de ahí la vida
subordinada al nihilismo del más allá. El dispositivo de la confesión inaugura el
pensamiento del “mundo interior” al precio de que lo “externo”, Lo Otro carece de estatuto de
subjetividad, y por consiguiente pertenece al Reino de Dios. Es así como las
otras vidas quedan enmarcadas como una exterioridad subordinada a la vida que
ordena la fuerza omnipotente del padre.
Por su
parte, la confesión inaugura la reflexión sobre la experiencia de la primera
persona, y con ello, al estilo neurótico culposo. La temporalidad viva es un
constante reproche de sí. La culpa permite subjetivar su padecer en tanto
otorga un sentido expiatorio en su confesión. De este modo, la verdad de sí
mismo, si bien está en la interioridad, solo puede ser alcanzada mediante
intermediación el padre.
La
modernidad es el hijo del padre sádico que, harto de la ley de la repetición,
desea su propio destino. Sin embargo, solo sabe ser en tanto opuesto a su
progenitor: solo sabe identificarse con el agresor o ser víctima de este. Se
dispone a forjar sus propias leyes sobre <<La Verdad>>, para lo
cual erige la gran máquina del saber: La Ciencia. El sujeto moderno es el
neurótico escrupuloso, revisionista, obsesionado por el orden y la claridad, sobre-determinado
por un marco impersonal, higienista en el cual no pueda hallarse huellas de sí
mismo. Su verdad son los números y los presupuestos lógicos matemáticos. Sus
efectos son las grandes guerras mundiales y la polarización abstracta del
mundo.
La caída del
muro de Berlín es la caída del proyecto de autodeterminación moderno. Ya no es
posible reprimir: la verdad ha sido fragmentada. La neurosis ahora presenta
ideas intrusivas de catástrofes. Con esto, en un último intento de
supervivencia de la maquinaria moderna, aparece el modelo de Gestión de
Riesgos, donde el sujeto que se erige es finalmente quien debe conocer cómo
administrar su libertad en un mundo sin Dios ni Verdades ultimas. En esta última
fase, la guerra ha obligado el ingreso de la mujer al mundo del trabajo, y el
proyecto ilustrado genera instituciones para domesticar a los nuevos miembros
del parque humano[2],
las instituciones han producido nuevas subjetividades que reclaman su lugar en
la política desplegada por la potencia de la libertad económica.
¿Qué lugar
ocupa el amor en este escenario? Y aún más relevante ¿Cómo es posible amar hoy?
El ánimo
abierto en nuestra contemporaneidad ha sido discutido por diversos pensadores
poniendo como relieve el <<Vacío>> como temple fundamental de
nuestra época[3],
ante el cual se configuran conformaciones estructurales inmunitarias de
resistencia al cambio debido a la perdida de la referencia que significaban las
tradiciones culturales o los relatos de la ciencia como un conglomerado
unificado[4].
La incapacidad institucional de depuración y representatividad política de las
experiencias de ira y temor[5]
frente al nuevo escenario horizonte de sentido ético[6].
La búsqueda
del amor en los tiempos del ego inflamado, del odio y el miedo, suele ser
conducidos por el deseo de encontrar resonancia en la imagen proyectada en el
otro como el último vestigio de un mundo objetivamente imperturbable. Es la
narrativa newage del otro como el reflejo de uno mismo, la instrumentalización
de la otra vida para el crecimiento
personal.
Sin embargo,
el amor no es el deseo hacia el espejismo que buscamos en el otro como reflejo
del ego propio, sino el encuentro con la diferencia, con la experiencia de la
alteridad que significa lo real del otro, donde ya no pueden existir espejismos
ni fantasmas si es que deseo conocer la verdad que me interpela a compartir,
cooperar, colaborar, coexistir.
Amar es
deponer las armas para que la íntima distancia entre las almas puedas reconocer
la fragilidad de la carne, es el dejarse tocar por la mirada de la otredad.
Mientras la violencia reduce la vida a la condición de presencia instrumental,
el amor hace extensiva la vida a las posibilidades abiertas por su libertad, el
amor reconoce la otredad en su distancia, en su deseo de un sentido compartido.
El amor como
tarea histórica exige el reconocimiento de nuestra sensibilidad fundamentalmente
como sensibilidad del peregrino[7],
esto es, de quien sabiéndose frágil y arrojado a un mundo, decide compartir
la finitud del tiempo con otra alma.
[1] Arendt, H. (2008). Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental.
[2] Sloterdijk, P. (2000). Normas para el parque humano: una respuesta a la Carta sobre el humanismo
de Heidegger.
[3] Rabioso, H. (2021). Ante el vacío.
[4] Rabioso, H. (2022). El ego inflamado.
[5] Sloterdijk, P. (2014). Ira y tiempo: ensayo psicopolítico.
[6] Rabioso, H. (2021). En proceso.
[7] Patocka,
J. (1998). Body, community, language, world.
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